Kilómetro 84
Problema: Un coche va por la carretera a 140 kilómetros por hora. El conductor se despista una milésima de segundo y cuando vuelve a mirar se encuentra con que tiene una curva encima. Es de noche, y no la había podido ver antes debido a la falta de luz en la carretera. El conductor, en un esfuerzo por no estamparse, da el volantazo y pierde el control del coche, que dando bandazos de un lado a otro llega a ponerse en perpendicular con la carretera, desplazándose varios metros hasta que el conductor, haciendo pleno uso de su instinto consigue recuperar el control del coche, tras tres golpes en los quitamiedos, atravesando la calzada de un lado a otro de la carretera, acaba parando el coche, y se aparta a un lado de la carretera.
Sin saber muy bien qué hacer, sale del coche y hecha un vistazo alrededor, para evaluar los desperfectos. Al ser de noche, no ve nada más que unos raspones y algunas abulladuras en la chapa. Nada que no pueda arreglarse. El coche de una pieza, y el conductor ni siquiera está nervioso. Se queda mirando al coche, y repite durante un par de minutos:
Qué suerte... Qué suerte... Qué suerte...
Tras esto, lo mejor que se le ocurre decir es:
Bueno, pues me voy no? A ver qué coño pinto aquí
Pero el coche tenía una rueda desgarrada y sin cambiarla era imposible continuar la marcha, además que de el maletero tampoco estaba en su mejor momento. Esto no lo había visto. Otro conductor salió a ayudar. Advirtió de que tenía que poner el triángulo de precaución y el chaleco reflectante, que no se lo había puesto. Llamó al seguro y al rato había una grúa y un taxi.
En todo ese momento, el conductor del vehículo no siente nervios, ni miedo. Simplemente piensa que tendrá que dejarse un dinero para arreglar el coche, y en la rabia que le da no haber terminado el viaje. Estaba más impactado porque era incapaz de sentir nada, de tener una visión trascendental de esas que se tienen tras estar casi en la muerte. Entrando en una curva justo antes de un puente, a 140 por hora, y salvar el coche, y el tipo, es una suerte dilatada. Últimamente, tenía muchísima suerte en la mayoría de los aspectos de su vida. Incluso ante la posibilidad de morir. Y nada, ni preocupación, ni nervios, simplemente era algo que había pasado y que le había hecho perder tiempo, en vez de llegar a su casa y acostarse como le hubiera gustado.
El único pensamiento más o menos lúcido que tuvo, era que no le importaba tener que pagar, que mientras le quedara dinero del que poder tirar, no importaba, y que el dinero era algo que está ahí para dar un servicio, no para guardarlo eternamente sin disfrutarlo. Eso, y que casi todo lo que tenía era carente de importancia, salvo unas cuantas cosas.
Su vida estaba bastante vacía, pero tenía algo a su favor: tenía suerte. Mucha suerte, la verdad, pero sabía que no podía confiar en eso, no podía confiar en salvar el coche a 140 por hora, porque cualquier día podía estamparse y no contarlo.
Su gran frase:
"Prueba, a ver si suena la flauta"
Ese día tocó un concierto esa flauta. A quien lo contara no se lo iba a creer, pero cuando llegó a casa, encendió el portátil, y se puso a hablar como si nada.
Una cosa le había quedado clara: Quería más cosas importantes.
