Y aquí estamos otra vez. Escribiendo. Intentando vagamente exponer las cosas que pienso de manera atrofiada. Ni siquiera estoy seguro de que se escriba así. La duda. Aquella bestia que nos engaña y nos traiciona, y en la que siempre acabamos confiando. Es demasiado tentadora como para ignorarla. El miedo. Todo es el miedo. El miedo a que nos quiten lo que queremos. Aún cuando sabemos que lo que queremos se quedará con nosotros, nosotros evitamos por todos los medios cualquier oportunidad que simule que lo perdemos. Da igual si lo perdemos de verdad. Símplemente, o evitamos. Y cuando lo que no queremos perder es alguien, entonces...
Entonces símplemente, la liamos. Porque, si tenemos (o no) la "suerte" de que esa persona hará lo que sea por tí, entonces aceptará resignadamente lo que tú quieras. Pero aquí viene lo malo, porque si tú quieres a ésa persona, no querrás que se haga tu marioneta. No te has enamorado de lo que tú quieres que sea, si no de lo que era cuando l@ conociste. De ninguna manera. No puedes permitirlo.
Si hace falta, te tragas tu orgullo, y dejas que haga eso que no te gusta, porque la quieres tanto, tanto tantísimo, que sabes que no te vá a dejar por nada del mundo. Porque confías en que él/ella te acompañarán siempre, pero ya es tarde. Sólo por decirle/a que no querías, has hecho el daño. El daño de hacer creer que esos detallitos harán que te vayas. El daño de hacerle creer que debe pulirse, que debe mejorar, que no es lo bastante buen@, y que acabarás abandonandole. Así de triste es, que por un ataque de celos, hagas daño a quien más quieres. Los celos. Lo que empezó haciéndote daño a tí, acaba haciendo daño a los dos. Porque tú lo haces, él/ella lo sufre, y tú sufres por hacerla sufrir a ella.
Considero por tanto, que es mejor deliberar sobre lo que se vá a decir, teniendo en cuenta el daño que vá a hacer, pero sobre todo, pensando en si merece la pena.

Por cierto. El dolor no se arregla con un 'lo siento'. Pero tampoco está de más decirlo. Perdón.